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Image by Aaron Burden

Mi encuentro con DIOS 

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*Confianza en Dios*


‭"Entonces, finalmente el rey ordenó que arrestaran a Daniel y lo arrojaran al foso de los leones. El rey le dijo: «Que tu Dios, a quien sirves tan fielmente, te rescate»".

Daniel 6:16

*LECTURA DEL DÍA: DANIEL 6*


Las palabras del rey Darío resonaban en la mente de Daniel mientras sus servidores le bajaban al foso de los leones. Los encargados pusieron entonces una pesada piedra sobre la entrada al foso. Aun después de evaluar la gravedad de su situación, Daniel no vaciló en su fe. ¿Cómo sobrevivió Daniel? ¿No tenían hambre los leones? Los historiadores cuentan que los animales usados para este tipo de ejecuciones se les dejaba varios días sin alimentar, para asegurarse de la muerte de los acusados.


Pero la vida de Daniel nunca estuvo en manos de los hombres. Su vida pertenecía a Dios, y allí radica la victoria. Daniel sobrevivió por poner su confianza en Dios y su fe en la promesa divina.

Cada uno de nosotros puede recordar ocasiones en las que deseamos haber tenido una palabra certera de parte de Dios, algo a qué aferrarnos para cuando surgieran las dudas y el temor. Dios sabe cuando necesitamos ánimo, guía y esperanza. Es por eso que nos ha dado promesas concretas en Su Palabra, para que podamos entender Su naturaleza y confiar en Él.


Es en esos momentos emocionalmente devastadores, cuando las promesas de Dios son esenciales para nuestro bienestar. Sin embargo, no se trata de nombrar y reclamar una promesa; éstas deben estar acompañadas de oración y un ardiente deseo de conocer cuál es la voluntad de Dios.


A veces Dios trae un pasaje específico a nuestra mente que da esperanza y certeza a nuestro corazón. En otros momentos, nos motiva a orar y buscar Su sabiduría en un asunto específico. Si acudimos a Dios con fe, Él nos guiará conforme con su voluntad. Nunca trates de imponerle tu tiempo a Dios. Por el contrario, aférrate a Él y Su Palabra, y déjale espacio para que haga todo de acuerdo a Su plan y en Su tiempo.

*La Perseverancia*


“y le había revelado que no moriría sin antes ver al Mesías del Señor”.

Lucas 2:36

*LECTURA DEL DÍA: LUCAS 2:36-38*


De entrada, consideremos que hablaremos de Ana del Nuevo Testamento, ya que la madre de Samuel en el Antiguo Testamento, también tenía por nombre Ana. Solamente en Lucas 2:36-38 se menciona a esta mujer. Tres versos para hablar de una mujer de Dios, fiel y perseverante.


El justo y devoto sacerdote Simeón tomó al niño Jesús en sus brazos cuando sus padres le trajeron para ser presentado en el Templo, y pronuncio una bendición profética sobre Él. Lucas 2:36 dice que: “estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fenuel, de la tribu de Aser. De edad muy avanzada…” Ana significa “gracia”, un nombre apropiado para esta mujer piadosa, digna, predicadora de la Palabra de Dios. Su fe en las promesas relacionadas con el Mesías le hizo ser perseverante hasta el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. El verso 38 nos dice que: “Ana, se presentaba en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén”.


En Tebas, ciudad de la antigua Grecia, había un hombre llamado Arquías. Era tanta su crueldad que todo su pueblo lo odiaba. Una noche celebraba un festín con sus más cercanos, cuando en medio de la fiesta le trajeron una carta en la que se le informaba que un grupo de enemigos iba a asesinarle aquella misma noche. Al recibir la carta preguntó que de qué se trataba. Se le dijo que se trataba de un asunto muy importante. Soltó una carcajada y dijo: -los asuntos serios se dejan para mañana. Poco después, los enemigos, disfrazados de mujeres, entraron y a una señal, cayeron sobre él y le degollaron. No importa cómo quieras llamarlo, pero lo que se ve, es la tragedia de un hombre que no supo colocar en primer lugar lo que era primero.


Ana, la anciana viuda que “no se apartaba del templo”, supo poner en prioridad el servicio a Dios y su fe en el cumplimiento de sus profecías.


El día de hoy, haz un alto en tu vida y considera si tienes bien establecidas tus prioridades, considera sea Dios quien ocupe el primer lugar.



*La sinceridad*


“Poco después, llegó una mujer samaritana a sacar agua, y Jesús le dijo: —Por favor, dame un poco de agua para beber”.

Juan 4:7

*LECTURA DEL DÍA: JUAN 4:1-15*


El encuentro entre la samaritana y el Señor Jesús, no sólo trajo como resultado la transformación de la vida de esta mujer, sino también el establecimiento del Reino de Dios en la vida de muchos que creyeron en Cristo y le rogaron que se quedara con ellos más tiempo, Jesús se quedó dos días con los samaritanos, “y creyeron muchos más por la palabra de Él”, dice Juan 4:41. Una de las cosas que llaman nuestra atención es la sinceridad de esta sorprendente mujer.


Es sincera en aceptar su necesidad de Dios, en reconocer que moralmente estaba mal, que socialmente no era bien vista. Fue sincera en manifestar que no sabía con seguridad cuál era el lugar correcto para adorar; en el Monte Gerizim o en Jerusalén. Fue sincera al reconocer que la salvación venía por medio de los judíos. Para cada asunto, Jesús tuvo una respuesta. La samaritana se volvió una misionera exitosa hacia su propio pueblo.


Un cristiano reflexiona: “Si tengo un reloj que no marca bien la hora, lo llevo al relojero, quien lo desarma, encuentra la falla y la arregla, siendo el reloj completamente pasivo. Cualquier otra clase de maquina se repara de la misma manera. Pero el hombre fue hecho a la imagen de Dios, y esta imagen, la natural, queda en la parte en el hombre aún después de la caída, en su poder de pensamiento y en el libre albedrío.


Dios respeta a sus criaturas y no trata a los seres humanos como si fueran máquinas. Dios, nuestro Creador respeta la mente, capaz de pensar; el corazón, capaz de amar; la conciencia, capaz de juzgar; la voluntad, capaz de decidir. Por lo tanto, nos presenta la salvación como algo que se puede escoger y aceptar; no la puedes ganar o conseguir por tu esfuerzo; pero la puedes obtener por fe; y nunca será tuya si no la tomas así”.


Nada mejor que ser sinceros delante de Dios y reconocer, como la samaritana, nuestra necesidad del agua de vida.

Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos: Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad.

Salmo 84;10

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